I. Cuerpos de mujeres y la revolución neolítica

El siguiente movimiento histórico lo representa la imagen de la mujer fértil, su cuerpo, su poder, su forma de latir. Las representaciones del cuerpo femenino estallan estéticamente junto a la representación de las plantas sagradas que utilizamos como alimentos. El proceso de domesticación de las plantas estaba alcanzando un punto crítico de desarrollo. Por las cualidades culturales que asociamos al cuerpo materno, este proceso de asentamiento y sedentarización se realizó gracias a la hermosa síntesis entre amor y sabiduría. Yo no soy madre ni tampoco hortelana, pero tengo sobrinos y plantas en casa, por lo que puedo sentir que en ambos procesos de nutrición es protagonista la fuerza de la empatía.

Para pensar este proceso me gusta la imagen del tarot Madre Paz de La Emperatriz:

WhatsApp Image 2017-06-06 at 19.52.55

Arcano La Emperatriz del Tarot Madre Paz (1981)

Esta imagen traza una genealogía simbólica, que se lee en al menos cinco niveles:

  1. La representación de la mujer contemporánea, casi como una celebridad exuberante que se observa en un espejo de mano
  2. La representación de Deméter, asociada a la fertilidad y la abundancia del campo y sus frutos.
  3. La representación de la Diosa típicamente neolítica, del sitio de Catal Huyuk.
  4. La representación de la Gran Madre típicamente paleolítica.
  5. La representación del toro, siendo una referencia casi astrológica.

El momento histórico que busco describir expresa la continuidad entre estas cinco representaciones. La representación contemporánea está enmarcada, literalmente, por la ilustración de la diosa Deméter, que en sus manos sostiene trigo, amapolas (medicina y alucinógeno) y serpientes (símbolo de transformación y muda).

Toucdown-demeter

Deméter sosteniendo espigas y cápsulas de amapola entre dos serpientes. Grecia, c. s. III-II a. C. Terracota. Museo Nazionale delle Terme, Roma

La famosa obra “El Caliz y la Espada” de la antropóloga Riane Eisler sin duda es un referente para la imagen del Arcano la Emperatriz del Tarot Madrepaz, siendo esta carta una suerte de síntesis cronológica en clave visual sobre el desarrollo de las “Culturas del Caliz”.

Deméter, más tarde llamada Ceres, desde la cual nombramos a los cereales pues comparten la raíz protoindoeuropea ker, que significa «crecer, crear». Esta asociación implica que la labor de crianza de la Emperatriz es más amplia que solo parir.  Hay un intenso diálogo entre crianza y creatividad. La idea de construir con las manos, desde cero. La palabra Deméter significa, literalmente, diosa madre. Antes de ser antropomórfica… (Necesitaría unas clases sobre cultura griega para explicar bien todo esto) fue vista como la diosa portadora de las estaciones, del saber sobre la tierra, previa al panteón de dioses olímpicos.

Ya hablamos de los misterios eleusinos. En esta imagen, la Diosa aparece asociada a la amapola, utilizada tanto para trances alterados de conciencia como para fines analgésicos. Dicen que Deméter es la Diosa que enseñó sobre el arado y de los ritmos de la tierra a la humanidad. Por su parte, el arcano de La Sacerdotisa representa la conexión con los misterios del inconsciente y la Emperatriz, la manifestación en la comunidad de dichos misterios.

Es muy justo reconocer que gran parte de este texto se inspira en las sistemáticas noches de experimentación creativa que compartí junto a la artista visual chilena Elisa Ramírez Coloma.  Junto a ella pensamos en cómo podrían pensarse los primeros siete Arcanos Mayores bajo los procesos culturales coevolutivos que les dieron origen. El Loco, es el primer migrante, nuestro ancestro africano. La maga o mago son el primer chaman/artista rupestre, como concluimos después de masticar ideas de Herzog[1] (ver post anterior). La Suma Sacerdotisa es la primera científica, la astro/noma/loga, la observadora del ciclo menstrual y celestial (Ver post anterior). Y la Emperatriz es la sabiduría de la tierra, la capacidad de multiplicar el alimento y nutrir. Es resultado del trato que hicimos con las plantas sagradas, al comenzar a quedarnos, con ellas, en un mismo lugar.

Las ideas visuales de Elisa Ramírez en torno al sentido cultural de la Emperatriz, como arquetipo y como tenedor hermenéutico para comprender nuestro origen quedaron plasmadas en distintos bocetos, del cual destaco el siguiente:

WhatsApp Image 2017-06-06 at 20.41.41

Estudio sobre La Emperatriz de la artista visual Elisa R. Coloma (2017)

En su ilustración, el toro/la vaca, hace un homenaje a las imágenes en movimiento de la cueva Chauvet, de la cual hablé en el post anterior. La Vaca o su versión masculinizada, el Toro, Taurus, también representa el segundo momento de la energía zodiacal para la astrología. La combinación entre de la modalidad fija de la energía con la energía yin-activa. Una madre que insiste y persiste en una nutrición, que se multiplica y genera más vida, más abundancia, más territorios, más expansión. Sobre este arquetipo primario camina la imagen de la Gran Madre paleolítica, sosteniendo un cuervo de toro, señal de la abundancia.

De alguna forma, así como el hueso de Ishtar[2] parece indicarlo, los y las primeras científicas comprendieron los patrones de regularidad del cielo y de la tierra, organizando sus vidas en consideración a sus ritmos y cambios. La visualización de las estaciones es el germen del pensamiento astronómico/astrológico. Son las raíces históricas de la comprensión del ritmo de la vida, de la comprensión del ciclo vital. De entender cuándo es el tiempo de plantar y cuando es tiempo de cosechar.

Muy posiblemente, este tipo de saberes circulaban socialmente del mismo modo que todos elementos que necesitábamos, como humanidad, para subsistir, para existir. Aquí es donde una de mis ramas favoritas de la antropología entra en juego: la Antropología Económica. Según yo, la antropología económica dignificó al marxismo al comprobar científicamente la existencia de otras formas de racionalidad económica –distintas a las del homo economicus de las teorías burguesas- en la historia y en la contemporaneidad del mundo. La clave de su argumentación estuvo en la idea de reciprocidad, tanto por el maravilloso Ensayo sobre el Don del francés Marcel Mauss como por el igualmente hermoso Argonautas del Pacifico Occidental de Bronislav Malinowski. La circulación de bienes o valores de uso estaba dada por compromisos sociales, por vínculos morales rodeados de códigos, convenciones y tabúes. La acumulación  no estaba bien vista. La sociedad se resistía a ello, como diría un tercer gran antropólogo económico, Karl Polanyi.

Por sincronía y afinidad léxica, la vaca sagrada, el Taurus astrológico resuena como uno de los territorios en que surgió la “civilización”, las montañas Taurus de Mesopotamia, la antigua Sumer. La cuna de la revolución neolítica, la tierra donde nació más tarde el Zigurat. El líder del pueblo kurdo Abdulah Öcalan, dice que el neolítico está vivo en las aldeas confederadas que su lucha defiende. El neolítico se resiste a la ciudad, símbolo de la acumulación que derivó en el capitalismo.

Junto a Elisa Ramírez nos preguntábamos ¿Cómo vemos a la Emperatriz contemporáneamente? Viviendo en la naturaleza. Al abandonar la urbanidad, para recibir los valores de Deméter. Cuando los granos maduros, trigo, arroz, maíz y avena, los disfrutamos como regalos, no con fines de acumulación ni de megacomercio.

[Escrito en luna Menguante en Escorpio]

[1] Me refiero al documental “La Cueva de los sueños olvidados” (2010) de Herzog. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=NfF989-rW04 (100% recomendada)

Preludio: Cuerpos de plantas y hongos como portales a nuestro origen como especie

El punto de partida de esta exploración se adentra en la dimensión paleolítica de nuestra existencia como especie. Los antecedentes más antiguos sobre los seres humanos cuentan la historia del viaje de nuestros antepasados desde África, en distintas olas migratorias. Esto quiere decir que nuestro origen se rastrea en el deseo de exploración de distintos grupos humanos que se asientan en distintos sectores del planeta. Se mueven, descubren y lentamente van dando paso a nuevas formas de vida.

Perspectivas más contemporáneas sobre el concepto de evolución permiten pensar la relación entre seres humanos y la naturaleza como bilateral, donde los cambios que se producen de la interacción entre nosotros y las plantas nos modifican a ambos. Esta es la idea de coevolución y para pensarla me gusta el ejemplo del maíz. Su pariente salvaje, el teocintle existe una dimensión aparte, infinitamente distinta al maíz. Así con todos los antepasados de los grandes cereales que definieron nuestra evolución: el trigo, el arroz y la cebada.

Las evidencias que muestran la estrecha relación entre nosotros y ello (la naturaleza), incluso a nivel de nuestra constitución biológico-genética, es el camino de las ciencias naturales hasta el mismo punto que ha cuestionado una parte de la antropología y las ciencias sociales en general. Me refiero al cuestionamiento de la separación entre naturaleza y cultura. Me refiero al desvelamiento ideológico de que el nuestra especie no se encuentra en una condición de superioridad respecto al medio que lo rodea. Ya hablaremos de esto cuando lleguemos al pensamiento moderno.

Pero por ahora, imaginemos esta dimensión pasada, esa ventana desde la cual nuestra realidad existía de la forma en que la imagina la geología y la geografía. Un mundo en el que fuimos tribus migrantes explorando y conviviendo en distintos pisos ecológicos. La relación con las plantas fue de lo más intensa. De observar cómo se comportaban y cómo se distribuían permitió el desarrollo de nuestro espíritu científico.

Se dice que ese espíritu científico surgió de la constatación de las regularidades del sol, la luna, las estaciones del año. Sin embargo, la regularidad más cercana a la humanidad está en el ciclo menstrual de la mujer. La indisoluble conexión entre nuestras mareas internas y las de la Luna me hace pensar en que quizá fuimos las primeras matemáticas de la tierra.

Es difícil pensar en los albores de la humanidad sin trasplantar nuestra mentalidad actual tendiente a la fragmentación. Pero sigamos pensando que humanos, incluidas estas mujeres prematemáticas, y plantas nos afectamos mutuamente. Las plantas nos alimentan, curan heridas y malestares, nos visten, combustionan para hacer fuego, pueden transformarse en pigmentos y algunas alteran dramáticamente nuestro cerebro. De ellas, algunas pueden ser consideradas sagradas, plantas de poder o como más recientemente han sido llamadas: enteógenas, es decir, llevan un dios dentro. Es decir, te abren al orden de la vida desde lo cual respira todo.

Aun hoy, que sabemos que nuestra información genética se intercambia por medio de la reproducción sexual, aún podemos decir que, como fenómeno, la reproducción es un proceso mágico. La persistencia de la vida, el triunfo ante la muerte, el hecho mágico de sangrar cuatro días al mes y no morir. Nuestros cuerpos femeninos encarnaron el misterio de la vida.

En la ventana que abre la posibilidad de una humanidad paleolítica se asoma un mundo reverente a la sacralidad de la vida y del cuerpo femenino. El arte rupestre, los restos, testigos de la presencia humana antigua así lo demuestran.

La experimentación con las plantas y hongos con-dioses-dentro seguro estuvo abierta a hombres y mujeres por igual. La evidencia más contundente para soñar con esa ventana se encuentra en los llamados Misterios Eleusinos. Conectados con la rica vida cultural de las generaciones de estos migrantes cada vez más asentados, la imagen de la Dios Madre (literalmente, Demeter) daba pie a una festividad ritual que se sospecha tenía que ver con las consecuencias alucinógenas de una preparación de la cebada, que, como les decía, es uno de los sagrados cereales que alimentaron a la humanidad.

Sabíamos los misterios de las plantas. Todavía, pues las diferencias en nuestros cuerpos no justificaban que no pudiéramos conocerlos desde un razonamiento científico. Todavía no se pensaba que las plantas eran sujetos pasivos a merced de la racionalidad humana. Todavía no existían cultos institucionalizados que definieran si estaba bien o no hacerlo. La evidencia arqueológica muestra que en todos los continentes existieron cazadores recolectores que experimentaron con estos frutos, teniendo experiencias diferentes pero con elementos transversales. La arqueóloga argentina Mariana Algrain lo dice con claridad:

Una explicación a tal correspondencia [entre consumo de enteogénicos y representaciones artísticas a lo largo del mundo] estaría dada, según este autor [Ouzman], por la existencia de un mismo sistema nervioso central entre los Homo sapiens, el cual si se ve estimulado por diversos mecanismos puede producir idénticas visiones y experiencias, que sin embargo se encuentran embebidas en una matriz cultural y ofrecen significados culturales específicos (Ouzman, 1998:33).

Para pensar en este pasado, una de nuestras ventanas se encuentra en el arte rupestre. Parece como si la arqueología se rindiese ante el descubrimiento de que la percepción de estas expresiones humanas está totalmente permeada por los valores actuales. El cuerpo femenino se mezclaba con el animal:

6b
Cueva de Chauvet, Francia

El ocre rojo, de nuestra sangre, es uno de los primeros pigmentos con los que se hizo arte:

chauveteruption
Cueva de Chauvet, Francia

main-homme-aurignacien-peint-mur-grotte-chauvet-pont-arc-ardeche
Cueva de Chauvet

cueva-de-las-manos-3[2]

Cueva de las Manos, Patagonia Argentina

Y más tarde, en nuestramérica, el cuerpo humano se mezclaba con el cuerpo vegetal. Y con esto solo quiero empezar a preguntarme qué sentido distinguir estos cuerpos como algo distinto, dado que nos aparecen tan mezclados en estas representaciones:

6a4b3f6b84010c0efaf3b6e6af9c0d73
Estatuilla Moche, Perú

La arqueología americana utiliza el termino Paleoindio para denominar a la los períodos equivalentes a cronología paleolítica europea y africana. La amplitud temporal de este período está relacionada con la clasificación geológica más general de la transición entre Pleistoceno y Holoceno, que sería nuestra contemporánea como especie humana, conectando ecológicamente nuestra coevolución con el resto de la tierra.

La explicación hegemónica que recibimos como nuestramericanos sobre el poblamiento y el origen de nuestros pueblos es que provenimos de un migración transiberiana que fue avanzando hacia el sur.  Sin embargo, diversos sitios han cuestionado esta premisa. Uno de ellos se encuentra en Puerto Montt, Chile. Me refiero al sitio Monte Verde, compuesto por al menos dos sitios Monteverde I y II, donde el segundo es el más antiguo.

En los debates aún en curso se ha alcanzado paulatinamente un consenso en torno a un punto central. Cualesquiera sean las variaciones internas, casi todos los estudios genéticos ubican el punto de separación entre las poblaciones asiáticas y los pueblos indígenas del continente americano hacia unos 25.000 años atrás, con un margen de error de unos pocos miles de años. Este consenso entre los genetistas ha desafiado a los arqueólogos, determinando el abandono de la fecha inicial de unos 12.000 años atrás. Más aún, ha requerido repensar el patrón de asentamientos en el contiente, especialmente en la medida en que los sitios de temprano asentamiento en América del Sur han demostrado ser contemporáneos o más antiguos que los sitios Clovis de América del Norte.

Existe mucha controversia sobre la medición de resultados y su interpretación en torno a este sitio y otros, pero lo importante es la imagen dialéctica que, inspirados en Benjamin podríamos realizar.

Nuestro origen mestizo, nuestra contemporaneidad Ch’ixi nos obliga a mirar todas las cronologías: África, Europa, Asia, Europa.

[Escrito en luna Menguante en Tauro, 2017]

Inspiración metodológica

No hacemo’ rap pal pueblo, somo’ el pueblo haciendo rap” (Andy Portavoz)

Quisiera partir esa reflexión desde lo que podríamos considerar como investigación militante. Un pedazo de mí siente que este concepto hace converger mis peores miedos: la separación entre teoría y práctica que tiene implícita, un palco de neón desde donde nos saludan los sueños pequeños burgueses, un título moral que gusta ostentar a cierta forma de masculinidad iluminada. Sin embargo, las obras* que inspiraran esta exploración apócrifa no hacen más que poner sobre la mesa el sagrado lugar de la escritura y el atrevimiento de escribir cuando muchas de las creencias en las cuales hemos sido criados nos hacen dudar de hacerlo.

Por esta razón, quiero decir que intento realizar una lectura posicionada de la creación de estas y estos pensadores , que escribieron desde su relación íntima y política con lo que escriben. Yo, en mi caso, soy una mujer feminista, marxista, mestiza con sangre mapuche y recientemente rururbana. Durante mucho tiempo viví mis inquietudes políticas con incomodidad, porque sentía muy cerca la amenaza un sectarismo latiendo en nuestra cultura política como izquierda chilena. La necesidad de obtener mi título profesional como antropóloga social movilizó un conjunto de procesos internos que me traen hasta acá. De ellos, los que resultan atingentes para este texto, se relacionan con el descubrimiento de la literatura negra, feminista, mapuche, kurda y descolonial en general, principalmente en el marco de mi participación dos grupos de lectura compartidos con compañeras y compañeros militantes.

Me siento desafiada por el concepto de ñawpax manpuni, que presenta Silvia Rivera Cusicanqui en “Oprimidos pero no vencidos” de 1984. Pienso a esta pensadora aymara o más bien ch’ixi (como se define ella) como una mediadora, una traductora de la rica oralidad andina para nosotros, los híbridos políticos y académicos que accedemos a su obra. Ñawpax manpuni podría ser elaborada en castellano como un “mirar hacia atrás que también es un ir hacia adelante”. Dicen las habladurías cuánticas que cuando se piensa el tiempo de una forma no-lineal, el tiempo presente del observador y sus acciones pueden cambiar el pasado, sanándolo al aceptarlo como una parte coherente y valiosa respecto al tiempo del observador. Creo que a una idea similar se aferraba Walter Benjamín, marxista y judío, en medio de la Segunda Guerra Mundial mientras el mundo europeo se caía a pedazos. Para mí, Benjamin apostaba a la redención de un pasado terrible por medio de la acción política. Lo mismo sentía Fanon, a quién sus contradicciones de su piel racializada lo hicieron apostar siempre por la redención dialéctica de la lucha de liberación de los oprimidos.

Mi redención es seguir los pasos de la crítica feminista a la ciencia. Muchas veces he sentido que la escritura académica es absurda. Muchas veces he sentido que es un ejercicio que carece de sentido. Pero he necesitado la Universidad para llegar a sentipensar todo esto.

Mi redención es mirar con cierta sabiduría, que supongo viene después de pasados diez años, a esas ideas presentes en la loca prosa de Donna Haraway, primatóloga, antropóloga y militante ciberpunkie. Donna me voló el cerebro con ese insoportable texto llamado “Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial” capítulo, místico, 7 de “Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza” de 1991. El texto abre con la siguiente idea:

La investigación académica y el activismo feminista han tratado repetidamente de ponerse de acuerdo sobre lo que significaba para nosotras el curioso término de «objetividad». Hemos utilizado toneladas de tinta tóxica y gastado miles de árboles convertidos en papel para desacreditar lo que ellos han dicho y para dejar claro el daño que nos ha causado (p.313).

Ella usa continuamente estas imágenes como pie de guerra porque cree y porque demuestra que asumir que uno tiene un punto de vista parcial de la realidad es una ventaja para la ciencia o quizá, por lo pronto, para nuestra ciencia. Transmuta el repudio a su posición de privilegio, como académica blanca, creando teorías y uniendo evidencias que de otro modo no emergerían.

Si las compañeras kurdas leen al, a mi gusto fome, Murray Bookchin, creo que les gustaría mucho lo que escribe Donna Haraway.

bookchin.png

Digo esto porque lo de Donna está en sintonía con la apuesta por la Jineolojî de las compañeras kurdas. Con este concepto ellas se refieren a la idea de una ciencia de la mujer, no en un sentido obstétrico, sino en una ciencia pensada desde las mujeres. Una ciencia con nuestras voladas, con nuestras tincadas, con nuestras conversaciones y desvelos. Nuestra ciencia como alternativa radical.

Lo último que quisiera explicar es la idea de lo Ch’ixi de Silvia Rivera Cusicanqui. Muchos podrán plantearlo mejor, pero para mí, es la imagen de un textil jaspeado, donde blanco y negro se confunden en un gris aparente. Quisiera pensar estos textos como un textil, más que como una fotografía clara y nítida en su encuadre. Por muy mimético que busque ser un textil, su gracia está en dar cuenta de los hilos, colores y dedos que lo crearon. Una metodología de inspiración textil me viene por el trabajo de la artista visual chilena Fernanda Vergara en su obra “Lo que habita en el Clóset” de 2014:

21

La autora describe su obra de este modo:

Tapiz realizado a partir de un fotograma de la película Made in Dagenham, película inspirada en las huelgas de las únicas trabajadoras mujeres de la famosa marca de autos Ford para igualar sus condiciones salariales con las de sus colegas masculinos de la fábrica.

Esto me permite volver y cerrar sobre Benjamin. Evidentemente, desde una perspectiva distinta a la mía y a la de Fernanda Vergara en su obra, Benjamin también se pregunta sobre qué hacer con la herencia barbárica de todo lo que nos rodea. Nuestra artista yuxtapone el soporte mediático con la explotación inherente a toda labor, en este caso, la ropa que vestimos. Los dedos femeninos o infantiles que elaboran las cosas que día a día vestimos, son invisibles a nosotros, son velados ante la espectacularidad del consumo. Sus cuerpos, experiencias y saberes fueron invisibles, muchas incluso para el mismo movimiento obrero, confirmado por el hecho mismo de muy probablemente hasta ver la obra de Fernanda Vergara no sabíamos que las mujeres fueron parte de la industria Ford. La esclavitud, femenina, negra, indígena, humana en general, late en este mundo de mercancías que nos rodea y nos obnubila.

*El listado de obras a analizar se presentará en la siguiente entrega de este texto.

[Escrito en Luna Menguante en Acuario, 2017]